NoticiaCristiana.com) Algunas religiones dicen
esperar la segunda venida de Cristo. En un remoto
rincón de Siberia, en un poblado con el improbable
nombre de Morada del Alba, un hombre de largo
cabello castaño enmarcando una sonrisa entre
enigmática y beatífica, dice que ya vino, que él es
Cristo, y que tiene la misión –por supuesto– de
salvar al mundo.
No lo dice al aire. Lo dice a sus seguidores, que
hoy se cuentan por miles y que residen en varias
decenas de asentamientos rústicos ubicados a la vera
de una vieja carretera siberiana, a tres mil
kilómetros de Moscú.
Su nombre (en la comuna todos tienen un solo nombre)
es Vissarion, que significa “el que da nueva vida”.
Sus fieles le dicen el Maestro, hablan de él en voz
baja y lo adoran como lo que creen que es: la
reencarnación de Jesucristo. En las sencillas
cabañas hay retratos suyos, y los creyentes siguen
una vida conforme a las normas que él dicta.
En un día típico, según contó Kevin Sullivan en The
Washington Post, los fieles de Morada del Alba se
levantan temprano para las oraciones matutinas. De
rodillas en el césped húmedo, rodeados de abetos y
pinos, cantan himnos y rezan. Luego distribuyen el
trabajo y se dispersan para una dura jornada, pues
la creencia es que afanarse duramente favorece la
socialización.
El pueblo aloja a cerca de medio millar de
creyentes, pero de cuatro a cinco mil más viven a
menos de una hora de camino en pequeños poblados que
siguen todas las mismas reglas: no vicios, no
alcohol, no tabaco. Dieta vegana: vegetarianismo
estricto.
La comuna de Vissarion se autodenomina Iglesia del
Último Testamento. Y es que el gurú escribió un
Último Testamento en nueve volúmenes que contiene 61
mandamientos. Nada especial, pero según los
observadores externos, el culto inventado por
Vissarion, además de contener muchos elementos del
ritual ortodoxo tan caro a los rusos, es una especie
de ensalada de valores budistas, taoístas y
ecologistas.
¿Quién es Vissarion? Su vida anterior no es ningún
secreto. Se llama Sergei Torop. A los 18 años se
enlistó en el Ejército Rojo, donde terminó como
sargento. Trabajó tres años como metalúrgico en una
fábrica de Minusinsk, un pueblo siberiano. Luego
trabajó en el mismo pueblo como un agente de
tránsito ejemplar. En 1989 hubo recortes y se quedó
sin empleo justo cuando la Unión Soviética se hacía
trizas. Millones de rusos se quedaron al garete,
desprovistos de una idea de futuro. Fue entonces
cuando Torop tuvo su experiencia mística: “algo se
despertó en mi interior”, recuerda. Dice que ahí se
percató de su naturaleza divina y comprendió que
Dios lo había enviado a la Tierra porque ésta era
aplastada por el odio y la guerra y el deterioro
ambiental.
Muchos le creen. Luba Derbina, que traducía textos
para la Cruz Roja en Murmansk, un puerto ruso, vio
en él al maestro que esperó toda su vida. “Creo que
es Jesucristo. Lo sé, como sé que estoy respirando”.
Galina Oshepkova, bielorrusa de 54 años, se había
divorciado y tenía dos hijos, cuando alguien le
mostró un video de Torop. Escuchó al hombre parecido
a Jesucristo decir que había vuelto a la Tierra
porque la gente se había olvidado de sus enseñanzas
de hace dos mil años.
“Sentí que mi corazón latía con fuerza y supe: ‘Esta
es la verdad. Es Él’. Es la segunda encarnación de
Jesucristo”, dijo Oshepkova, que en Morada del Alba
también encontró una nueva vida... en un segundo
esposo: Nikolai, un ingeniero bielorruso que si bien
acepta la dureza de la vida en Siberia, coincide con
su flamante esposa: “Hemos encontrado aquello que
esperábamos”.
Tres veces al día, el poblado escucha el tañir de la
campana montada sobre una colina. Los fieles se
arrodillan a rezar. Pero la campana también es
evidencia de su fe. Cargaron los 270 kilos de metal
durante medio centenar de kilómetros y luego la
arrastraron, a base de fuerza pura, hasta la cima de
la colina.
Los fieles le hicieron a su Maestro una casa de tres
pisos, sencilla pero cómoda, con una terraza que
mira hacia el valle, hacia Morada del Alba, y un
estudio en donde Torop, se dice, pinta al óleo y
reza.
También hay detractores. Mariya Karpinskaya era una
madre divorciada en 1992, cuando conoció a Torop.
Deslumbrada, se mudó a Siberia porque le pareció un
líder capaz de crear una vida hermosa. Tres años
después se arrepintió.
“La hipnosis desapareció, y me di cuenta de que mi
vida estaba arruinada”, dijo Karpinskaya. “Él no
cree que es Jesucristo. Simplemente está manipulando
a la gente”.
El nuevo Jesucristo pasa los días en su cabaña en
compañía de su esposa y de su hijo menor. Los otros
cinco viven en Morada del Alba con la madre de
Torop, divorciada.
Torop habla en voz suave e insiste en que él es
Jesucristo redivivo, y que le duele recordar su
crucifixión hace dos mil años. “No soy Dios. Y es un
error ver a Jesús como Dios. Pero soy la palabra
viviente de Dios Padre. Todo lo que Dios quiere
decir lo dice a través mío”.
Seguidores afanosos
En Morada del Alba, la vida es dura,
los
seguidores de Vissarion no crían animales, no fuman,
no consumen drogas, no beben alcohol. En la
comunidad no se usa dinero. A duras penas se acepta
usarlo para intercambios con el exterior. Pero
aprenden de buena gana los 61 mandamientos y un
puñado de rituales, leyes, símbolos y oraciones
propios de su culto. Viven también en un esquema de
tiempo distinto.
Como Vissarion nació el 14 de enero de 1961, y tiene por tanto 47 años, viven el año 47 de la nueva era. Celebran también el 18 de agosto, porque en tal día pronunció su primer sermón hace 16 años. Los residentes de Morada del Alba beben savia de abetos. Comen bayas, nueces y hongos que recolectan en el bosque. Cultivan a duras penas espárragos, papas y lechugas. Tienen algo de trueque con sus manualidades y sus verduras. “Claro que es difícil”, dice Vissarion. “Pero es importante que las personas se vean a sí mismas y unas a otras. Esto es más fácil cuando el trabajo es duro”.