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Cónsul de El Salvador
salvo a más de cuarenta mil judíos
Las acciones
de José Arturo Castellanos en defensa de los judíos durante el
Holocausto se conocen desde hace años, pero no su verdadero alcance.
Ahora, después de una investigación de dos años y medio por una decena
de países, El Salvador ha solicitado formalmente a Yad Vashem que su
cónsul sea reconocido como Justo entre las Naciones. El proceso ya ha
comenzado.
El Salvador
ha solicitado formalmente a Israel que reconozca al diplomático José
Arturo Castellanos como Justo entre las Naciones, por su labor en el
salvamento de cuarenta o cincuenta mil judíos durante el Holocausto; una
historia personal que no era desconocida, pero de cuyo verdadero
alcance, sin embargo, no existía hasta ahora una evaluación. La petición
la presentó el canciller Francisco Laínez Rivas durante una visita que
efectuó a Israel entre el 14 y el 17 de mayo, y en la que expuso el caso
de Castellanos, cónsul en Ginebra durante la Segunda Guerra Mundial,
ante las autoridades del Museo del Holocausto de Jerusalén (Yad Vashem)
y ante la canciller Tzipi Livni. “Hemos recibido información sobre sus
acciones, y hemos abierto el expediente para que la Comisión de Justos
Gentiles investigue el caso”, confirmaron fuentes oficiales de Yad
Vashem. Se trata de una comisión presidida por el ex juez de la Corte
Suprema, Yaacov Tirkle, y formada por historiadores, sobrevivientes e
investigadores. Un juicio a todos los efectos.
Castellanos
fue cónsul salvadoreño en Ginebra entre 1940 y 1945 y, según una
investigación que el Ministerio salvadoreño de Exteriores ha realizado
en estos dos últimos años, concedió más de cuarenta mil certificados de
nacionalidad a judíos de distintos países -principalmente de Hungría-
para que escaparan de la Gestapo y de los trenes de la muerte.
El ministro
Laínez declaró a este respecto que entregó a Yad Vashem un informe
completo “con testimonios, documentos y copias de los pasaportes que se
emitieron” para esos judíos, a fin de acelerar el proceso de
reconocimiento. “Hemos recogido y presentado el trabajo de
historiadores, el testimonio de sobrevivientes y documentación que
atestigua esa ayuda”, manifestó el canciller. Castellanos, que sería el
primer salvadoreño en recibir este título, fue alentado en su acción por
un empresario judío, George Mandel-Mantello, que financiaba la
operación. “Cada certificado costaba cuarenta francos suizos, porque
además del papel y la tinta se necesitaba que un notario los certificara
como auténticos”, relata Enrico Mandel-Mantello, de setenta y siete años
e hijo del hombre a quien Castellanos nombró su primer secretario.
Ambos se
habían conocido años antes en Praga en una transacción y, cuando George
Mandel-Mantello huyó a Suiza, corrió a buscar a su amigo salvadoreño y
éste “lo adoptó”. Según su hijo, que se quedó atrás con la madre en
Hungría hasta que llegaron sus certificados, el equivalente hoy de todo
el costo de la operación sería “un millón de dólares”. El caso es que
ambos, con la ayuda de voluntarios, se dedicaron a imprimir miles y
miles de copias de certificados de nacionalidad salvadoreña en precarios
aparatos conocidos como “termofax”, que luego refrendaban con sellos del
consulado y repartían por distintas vías entre los judíos europeos. “¡A
los alemanes les encantaban los sellos! ¡Sencillamente les encantaban!”,
manifestó con un cierto humor negro el profesor Itzhak Mayer, uno de los
sobrevivientes que debe su vida a Castellanos y a Mandel-Mantello, en
una rueda de prensa en Jerusalén, en la que Laínez presentó todo el
caso.
“Hemos
encontrado certificados que amparaban hasta once personas”, reveló allí
el embajador salvadoreño Ricardo Morán Ferracuti, encargado de la
investigación y quien presentó sus conclusiones a Yad Vashem con
abundantes detalles. El diplomático explicó en la rueda de prensa que la
expedición de certificados se debía a que eran prueba de nacionalidad, a
diferencia de un pasaporte, que era considerado un documento de viaje.
Además, por motivos técnicos y económicos, reproducir una hoja era mucho
menos costoso que un librito, y también más fácil de esconder en el
traslado a los países en los que serían distribuidos los certificados.
Las
alternativas que ofrecían estos documentos eran dos: guardarlos para el
caso de que fueran arrestados y salvarse de los trenes de la muerte, o
vivir en la ilegalidad, saliendo a la calle sin llevar la estrella
amarilla, única posibilidad para subsistir. “Les servía para
sobrevivir”, manifestó el embajador Morán Ferracuti, porque con ellos
“no podían salir de sus países”. “Nunca he estado en El Salvador, ni
hablo español, ni conocía al cónsul”, subrayó por su parte el profesor
Mayer, al insistir en que la acción del diplomático salvadoreño fue
completamente desinteresada y que, quien le salvó la vida, merece el
reconocimiento del Pueblo Judío y, por lo tanto, del Estado de Israel.
Justos entre
las Naciones
El Museo del Holocausto reconoce este tipo de acciones por parte de
personas que no son de origen judío con el título de Justo entre las
Naciones (Hasid Umot Haolam, en hebreo). En la actualidad, veintiún mil
setecientos cincuenta y ocho los ciudadanos del mundo han sido
reconocidos como tales, la mayoría de ellos, europeos. “El proceso de
aprobación puede durar meses o años y no siempre se concede el título
por haber salvado judíos -explica una portavoz de Yad Vashem-. Hay dos
condiciones básicas para obtener este reconocimiento y son que el
candidato no sea judío y que haya arriesgado su vida a la hora de salvar
a esas personas”. De no cumplirse la segunda condición, en el caso de
diplomáticos extranjeros se tiene también en cuenta que hayan actuado en
contra de las órdenes de sus superiores, en otras palabras, “por
arriesgar sus carreras y fuente de ingresos”. Es el caso, por ejemplo,
del español Ángel Sanz Briz, destinado en Budapest y quien emprendió una
campaña similar a la de Castellanos, a pesar de las órdenes explícitas
recibidas desde Madrid. Frente a las condiciones de Yad Vashem, los
investigadores salvadoreños aseguran que el cónsul Castellanos no sólo
arriesgó su vida, sino también su carrera y sus ingresos. “Su vivienda
estaba encima del consulado, y en una ocasión la Gestapo revisó el
edificio, lo que puso en peligro no sólo a su persona, sino a la familia
que residía con él”, sostiene Morán Ferracuti.
En cuanto a
su carrera, explica que, en 1944, cuando llevaba dos años emitiendo los
certificados, las acciones del cónsul salvadoreño comenzaron a ser de
conocimiento público, y llegó a oídos del Ministerio de Relaciones
Exteriores de El Salvador que uno de sus diplomáticos en Europa estaba
concediendo documentación a los judíos. “Consultados por distintos
gobiernos aliados sobre si avalaban esos certificados, el Ministerio
señaló que respaldaban las decisiones de su cónsul”, destacó Morán
Ferracuti, “pero hasta entonces lo hizo por iniciativa propia y sin
saber las consecuencias”. El diplomático, que se ha dedicado
exclusivamente a esta cuestión los últimos dos años y medio, subraya
también que otra de las condiciones de Yad Vashem es que el candidato no
haya recibido remuneración económica por esa acción, lo que, asegura, se
cumple en el caso de Castellanos: “Murió en 1967 en la pobreza”.
La
investigación también reveló que, si bien en la primera etapa se
expedían certificados con nombre y apellidos, en la última parte de la
guerra sencillamente se anotaban datos básicos y se le colocaban los
sellos. Los voluntarios “los lanzaban por la ventanas de los trenes que
iban a los campos de exterminio para que los propios viajeros los
rellenaran y pudieran salvarse”, explicaron distintas fuentes.
Consultado por su postura en el proceso de reconocimiento, el anciano
profesor Mayer afirma: “Me siento mal por que no hayan reconocido a
Castellanos hasta ahora. Yo le habría dado ya el título de Justo entre
las Naciones”.
Elías Levy Benarroch
Fuente:
Nuevo Mundo Israelita Digital.
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